Iglesia Católica Romana, perdida en la moral y en el tiempo

Las personas LGBT han tenido que esperar las revoluciones científicas iniciadas al final del siglo pasado para que el avance de las ciencias del comportamiento, de la biología y de las neurociencias, los declarase personas normales

Argelia Tejada Yangüela

Socióloga, estadígrafa, maestra, escritora y activista por la separación del Estado de las religiones.

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La Antigüedad, período al que la Iglesia Católica Romana quisiera llevarnos, no conocía los derechos humanos. Tuvimos que esperar el siglo de las luces y las revoluciones liberales de Europa y Norteamérica para que los humanos se dieran como meta alcanzar la felicidad y extender a todos los hombres blancos la solidaridad y los derechos a la libertad y la igualdad.

Los esclavos y/o siervos de color tuvieron que esperar y emanciparse de los poderes coloniales para lograr los mismos derechos. Tampoco lo alcanzaron las mujeres, quienes todavía en el presente debemos luchar por alcanzarlos; particularmente las mujeres de países atrasados, aislados y enquistados en tradiciones patriarcales, como son la mayoría de los países de África, el Medio Oriente, la América Latina y el Caribe, y algunos países asiáticos.

En el siglo XXI, es la comunidad de personas que no se definen estrictamente por el modelo heterosexual la que ha derrumbado la muralla de los prejuicios que la ignorancia con tanto fervor construye. Las personas LGBT han tenido que esperar las revoluciones científicas iniciadas al final del siglo pasado para que el avance de las ciencias del comportamiento, de la biología y de las neurociencias, los declarase personas normales.

No debe extrañarnos, que los que reciben sus conocimientos por supuestas revelaciones de un mundo sobrenatural, sean reticentes al cambio. Se aferran a tradiciones y prejuicios inmemoriales para discriminar a las mujeres, a los/as que sienten desde su infancia o pubertad estar en un cuerpo equivocado, o a los/as que sienten atracción por alguien del mismo sexo.

El papa Francisco, levantó expectativas de cambio a principios de su pontificado con las palabras, “¿quién soy yo para juzgar?” — respondiendo a preguntas de la prensa sobre la homosexualidad. Pero nada cambiado en la doctrina de la Iglesia, y esto lo sabe muy bien el Episcopado Dominicano, particularmente después de la visita del Papa a los Estados Unidos y su reunión con Kim Davis y con las Hermanitas de los Pobres.

En su exigencia al gobierno Dominicano, el Episcopado Católico Dominicano afirma no odiar al Embajador Brewster y su pareja, ni ser homofóbicos. Pero sus palabras son inconsistentes con sus acciones. Usan su poder político y económico para presionar al gobierno dominicano a que proteste ante el gobierno de los Estados Unidos y para crearle al Embajador y su esposo un ambiente de rechazo social. En pocas palabras, cumplir la discriminación anunciada por el obispo Pablo Cedano: “Va a sufrir y tendrá que irse”. ¡Pero no son homofóbicos!

El núcleo de la controversia es la sustitución—de parte del Vaticano y los grupos del ala conservadora del Partido Republicano de los Estados Unidos— de los derechos de las personas LGBT, de la mujer y la niñez por unos supuestos “derechos de la familia”. “La familia” es el término más potable que se usa para esconder la realidad del patriarcado que las iglesias cristianas conservadoras defienden, y que podemos detectar en los estados islámicos.

En el seno de “la familia” el hombre decide e impone su voluntad a las mujeres con que se relaciona íntimamente, y practica una doble moral en la crianza de niñas y niños. Es por esto que en la mayoría de los casos los divorcios son tan frecuentes; algo que la Iglesia Católica Romana prohíbe, sin importarle el sufrimiento ni la opresión de la mujer en una relación desigual. En grupos focales, una de las quejas principales de las adolescentes es que el padre (no tanto la madre) no dialoga, no escucha, solo da órdenes. Algo que empuja a adolescentes muy jóvenes a buscar en una relación amorosa a destiempo, la comprensión que no encontraron en el seno de sus familias.

En su comunicado, los obispos citan al Papa Francisco, refiriéndose a las amenazas que vive la familia, proveniente de “colonizaciones ideológicas”. Deberían de cuidarse de atribuir la colonización ideológica a la ampliación de la libertad personal. Esto así porque la colonización ideológica se impuso en América Latina con la espada, la evangelización y el aislamiento. El Papa, además de donar las tierras, riquezas y pertenencias de los nativos de las tierras exploradas por Cristóbal Colon a la Corona Española y sus descendientes, determinó mantener el status quo con el aislamiento. Cito:

“Y además os mandamos en virtud de santa obediencia que haciendo todas las debidas diligencias del caso, destinéis a dichas tierras e islas varones probos y temerosos de Dios, peritos y expertos para instruir en la fe católica e imbuir en las buenas costumbres a sus pobladores y habitantes, lo cual nos auguramos y no dudamos que haréis, a causa de vuestra máxima devoción y de vuestra regia magnanimidad. Y bajo pena de excomunión latae sententiae en la que incurrirá automáticamente quien atentare lo contrario, prohibimos severamente a toda persona de cualquier dignidad, estado, grado, clase o condición, que vaya a esas islas y tierras después que fueran encontradas y recibidas por vuestros embajadores o enviados con el fin de buscar mercaderías o con cualquier otra causa, sin especial licencia vuestra o de vuestros herederos y sucesores”. (Papa Alejandro VI, bula Inter caetera en America Pontificia primi saeculi evangelizationis, 1493-1592, ed. Joseph METZLER, I, Vaticano 1991, 71-75. Traducción, introducción y notas de Fr. Ricardo W. Corleto).

Termino citando en itálicas la palabra latae sententiae para los discípulos del historiador Juan Daniel Balcácer, quien niega que Juan Pablo Duarte fuese excomulgado porque su nombre no fue específicamente mencionado. Según él, la excomunión automática latae sententiae no existe, ¿acaso no ha leído la bula que santificó la Conquista Española?

Pero retornando al tema central, que es la homofobia que han desatado en el país el Episcopado Dominicano y el CODUE, reflexionemos en la versión del 2014 de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU:Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.

David Akadjian en su libro “The Little Book of Revolution”, sobre una estrategia de democracia distributiva, define la igualdad en varias dimensiones: Igualdad de oportunidades. Igualdad ante la Ley. Igualdad de derechos. Igualdad de resultados. En otras palabras, cuando un sistema produce desigualdades, trata a la población de manera diferente, ya sea por su inclinación sexual, por su identidad sexual, por el color de su piel, por su origen nacional o por cualquier otra causa, produce injusticia y es moralmente corrupto. Y esto lo afirma la Constitución Dominicana. El Artículo 8 que define la función del Estado, no habla de proteger la “la familia”. Cito: Es función esencial del Estado, la protección efectiva de los derechos de la persona, el respeto de su dignidad y la obtención de los medios que le permitan perfeccionarse de forma igualitaria, equitativa y progresiva, dentro de un marco de libertad individual y de justicia social, compatibles con el orden público, el bienestar general y los derechos de todos y todas”.

Por todo lo expresado, creo que el Embajador Brewster y a su esposo no son las personas que deben de ser privadas de visitar las escuelas públicas dominicanas. El peligro son los dogmas religiosos que fanatizan la población y les hace creer que están en posesión de la verdad absoluta porque así se lo contaron un Jerarca purpurado o un Pastor con Biblia en mano. En el siglo de la Revolución de la Información, la Iglesia Católica y el CODUE quieren mantener a la población aislada, sin influencia de las ciencias ni de los países desarrollados cuyas constituciones hemos copiado, pero no hemos sido capaces de aplicarlas.

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